lunes, 5 de diciembre de 2011

De

Y la tarde caía sobre nuestras cabezas, como la cruel espada de Damocles que cortaría por la mitad el lazo de nuestras manos.

Se sonrojaba el día, el cielo tímido se iba tiñendo de esa luz imprecisa que anuncia el despertar de las estrellas y el manto oscuro de la noche.

Y tú me preguntabas, mirándome a los ojos con luz penetrante de pensamiento:

- ¿Dónde estamos tú y yo? ¡Dime! ¿En manos del destino insorportablemente educado o en manos de la conciencia tremendamente sensata?

Dónde, dime, destino, Dios si creyeras en su influjo... ¡Demasiada dé para seguir perdido en tu mirada!

Solo admito una dé esta atardecida, la de los dos, la que cuelga indecente entre tú y yo, la que sintió Becquer en su rima y nadie se atrevió a discutirle:

-¿Qué es poesía?, dices mientras clavas tu pupila en... - comienzo a decirte lento, muy lento, tan lento que me borras la rima con un solo beso, quizás medio.

- ¡No seas bobo y vete ya! - concluyes tú sonriendo, rompiendo sin complejos la cadencia de lo que el genio había escrito.

Y me alejo.

Chirrían mis pasos sin pausa y sin alegría cuando enfilo las calles de la soledad íntima y maltratada, mientras desgasto las baldosas manidas de las aceras, mientras se clavan por mi espalda las agujas crueles de ese reloj vital al que tú ya no das cuerda.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Sueño de Invierno

Mis sueños son esas letras que suben por los tejados, que trepan descaradas por la escalera del cielo, buscando ese lucero que antes mirábamos, tu y yo, sin más testigos que el frio invierno que llamaba a las ventanas del beso que nos unía.

Cuando cierro los ojos, cuando soy otra persona sin ataduras a un cuerpo, a una vida, a la realidad extraña que se cierne sobre el alma, cuando busco tus labios desesperado y sin suerte, cuando las sábanas blancas se vuelven de luto eterno y desesperan mis manos por no sentir tu calor, cuando todo es diferente, cuando creo en Dios de nuevo porque te sueño perpetua como un abrazo sin fin… es entonces cuando soy libre de nuevo y creo volar sin alas.

Y vienen a mi cabeza esas coplas de antaño, esos romances sin dueño ni autor que hablan de primaveras y de aves atravesadas por ballesteros, de gente muerta y prisionera en la memoria de los siglos.

Pero es Diciembre, noche oscura, no hay siglos heroicos ni caballeros con lanza en las justas del amor.

Es Diciembre y me haces falta, como en Agosto, como en Septiembre, como en todos esos meses del tiempo que ha transcurrido sin pausa desde que te vi por primera vez.

Es Diciembre y hace frío, no hay sonrisas ni copas de vino dulce con la que mojarme los labios cuando no bebo de tu boca de mujer.

Ya el invierno ha comenzado y es más invierno sin ti, pero los recuerdos pesan, son losas de cemento estúpido y labrado de oscuridad.

El invierno ha comenzado y terminará algún día, los días duros de Enero, los eternos de Febrero, todos esos que un día nos vieron pasear sobre la alfombra reseca de hojarasca muerta de oro viejo.

martes, 1 de noviembre de 2011

Todos los Santos

En el viejo radiocasete empolvado sonaban coplas de antaño, de esas que su madre solía cantar por los rincones mientras regaba los geranios o planchaba cerros de ropa remendada.

La televisión apagada le devolvía su propia imagen marchita, su cabeza calva, su frente arada por el rastrillo del pasado.

Piquer cantaba cada día mejor, esa era la verdad. Muchas veces la había escuchado entonar aquellas frases de amor perdido, de marineros que se marchan y solo dejan en la piel tinta imborrable de recuerdo.

El invierno se abría paso poco a poco tras los cristales, con silbidos el viento le recordaba que también él estaba de paso en aquella vida, que todo terminaría tarde o temprano.


Quería caminar hacia atrás, como los cangrejos, volver a aquel café donde un día la tomó de la mano y la dijo bajito que la quería. Después se hicieron novios.

Se olió las manos sin resultado, ya no quedaba nada tras tantos años de aquel aroma femenino a manzana verde de los campos de su niñez.

Todo había terminado hacía mucho tiempo, ya los sotos de Aranjuez no crujían bajo sus pasos enamorados, ni podía cantarle a nadie aquel tango amarillento que se llamaba Caminito.

Estaba solo, completamente solo y cada objeto de su salón en el que fijaba la vista se lo recordaba sin remedio:

La mascara veneciana, el cuadro alegre y atrevido de Punta Cana, la foto marchita de su boda…

Estaba solo porque la vida es cruel y dura, gélida e hiriente en ocasiones.

De unas sábanas con su olor ya nada quedaba, de una cocina con el espesor de sus guisos

siquiera las sartenes olvidadas en un cajón.

Aquella mañana primera de Noviembre, día de Difuntos, había hecho el esfuerzo de recorrer con pasos cansados los pasillos aromáticos del cementerio de Santa Isabel.

Viudas vestidas de negro adornaban las tumbas de sus maridos, otro señor lloraba frente a una lápida con foto incrustada, allá a lo lejos una mujer joven y de buen ver se retiraba cabizbaja poco a poco hacia la salida.

Él no llevaba ni una flor, ni siquiera una sonrisa con la que adornar la visita a su esposa.

Un ligero padrenuestro se deslizó de sus labios cuarteados antes de rozar con la mano la lápida oscura.

Acostumbrado a su piel cálida y suave, no se hacía a la idea de que aquella fría piedra fuera lo único que quedaba de su maravilloso ser.

Pero así era la puerca vida, el triste final de todas las almas que están de paso.

Ahora escuchaba a Piquer llorar la muerte de un torero, de esos que por la noche saltan la reja de las fincas para robarle al toro unos pases bajo la luz de la Luna.

Día de difuntos, día de Todos los Santos, día de aquellos que se han ido, pero no del todo, pues mientras alguien los recuerda, siguen vivos.

Llamaron al timbre rompiendo la melancolía y el ensimismamiento del viejo.

Con el dorso de la mano se secó una lágrima amarga mientras avanzaba hacia la puerta del hogar.

Un esqueleto diminuto y una bruja con voz de niña le miraban desde el quicio.

-¡Truco o trato! – dijo el esqueleto riéndose con boca mellada.

Por lo visto el tiempo todo lo cambia, hasta las viejas tradiciones.

Ya ni siquiera hay días en los que llorar a los que se han ido con tranquilidad.